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¿ESTÁN LOS BANCOS CENTRALES SUBESTIMANDO LA INFLACIÓN ESTRUCTURAL?

Los bancos centrales podrían estar subestimando los factores estructurales de la inflación, como la demografía, la reconfiguración de la cadena de suministro y los costos de la transición energética.

Comprender la inflación: Más allá de la narrativa cíclica

La inflación, tradicionalmente percibida desde una perspectiva cíclica, es el aumento de precios generalmente vinculado a expansiones económicas, shocks de oferta o políticas monetarias laxas. Sin embargo, bajo estas dinámicas transitorias se esconden fuerzas estructurales más profundas y persistentes que influyen cada vez más en el panorama inflacionario. Los bancos centrales, encargados de contener la inflación dentro de los rangos objetivo —generalmente en torno al 2%—, podrían no estar considerando plenamente estos determinantes subyacentes.

Los factores estructurales de la inflación evolucionan gradualmente y son menos sensibles a los tipos de interés o a las fluctuaciones a corto plazo de la demanda de los consumidores. Incluyen factores como los cambios demográficos, los costes sostenidos de la transición energética, la desglobalización y la reorientación de las cadenas de suministro globales, y los cambios a largo plazo en las estructuras del mercado laboral. Si bien la inflación cíclica a menudo puede moderarse mediante una política monetaria más restrictiva, la inflación estructural resulta más resistente. Los últimos años han revelado que muchas economías no solo están experimentando perturbaciones pospandémicas en los niveles de precios, sino un nuevo régimen de inflación, caracterizado por la persistencia. Los importantes estímulos fiscales inyectados durante la COVID-19, las tensiones geopolíticas persistentes, el gasto en política climática y un replanteamiento de la globalización a la luz de las preocupaciones de seguridad nacional han redefinido el comportamiento de los precios. Los bancos centrales parecen haber sido sorprendidos por la persistencia de la inflación desde 2021. La mayoría de las principales instituciones, incluida la Reserva Federal, el Banco Central Europeo (BCE) y el Banco de Inglaterra, inicialmente enmarcaron los repuntes inflacionarios como efectos transitorios de las perturbaciones relacionadas con la pandemia. Si bien estas perturbaciones influyeron, ahora existe mayor evidencia de que existen corrientes subyacentes más profundas que sostienen estos niveles de precios más altos. Una tendencia notable es la rigidez del mercado laboral observada en las economías desarrolladas. A medida que la fuerza laboral envejece y aumentan las jubilaciones, especialmente sin una afluencia correspondiente de trabajadores cualificados más jóvenes, las presiones salariales podrían mantener el impulso alcista de los precios. Esta dinámica salarial-precio no se revierte fácilmente mediante tasas de interés más altas, especialmente en sectores con escasez de mano de obra, como la sanidad o la logística. Además, los gobiernos de todo el mundo están invirtiendo fuertemente en la seguridad del suministro, tanto en energía como en insumos industriales. Los imperativos estratégicos para la reabastecimiento nacional o de proveedores aliados de bienes críticos implican mayores costos de producción, en comparación con el paradigma anterior de subcontratación al proveedor más barato. Estas escaladas de costos, consistentes y a largo plazo, añaden una presión estructural alcista sobre la inflación. Estos desarrollos desafían los modelos tradicionales de los bancos centrales, muchos de los cuales aún se basan en supuestos basados ​​en la Curva de Phillips o simples medidas de la brecha de producción. El riesgo radica en reaccionar demasiado bruscamente a datos transitorios, como las variaciones mensuales del IPC, sin tener en cuenta la transformación más amplia que se está produciendo. En conclusión, podría ser necesario un reajuste de los marcos de política monetaria. Los bancos centrales deberían ampliar sus modelos para incorporar mejor temas estructurales como la demografía, la desglobalización y la dinámica de la transición climática. De no hacerlo, podrían producirse retrasos en las intervenciones políticas o ciclos de ajuste monetario mal calculados, con consecuencias para la estabilidad económica.

Factores Estructurales que Redefinen el Panorama de la Inflación

Se reconoce cada vez más que varias fuerzas estructurales son fundamentales para el aumento sostenido de la inflación global. Estas fuerzas operan independientemente de la demanda de consumo a corto plazo o de las disrupciones de la oferta y presentan desafíos a largo plazo para la eficacia de la política monetaria.

1. Demografía y Restricciones del Mercado Laboral

El envejecimiento de la población, especialmente en economías avanzadas como Japón, Alemania y Estados Unidos, está reduciendo la participación laboral general, lo que presiona el crecimiento salarial. A medida que la generación de la posguerra se jubila en gran número y las tasas de natalidad disminuyen, la mano de obra disponible se reduce, creando desajustes persistentes entre la oferta y la demanda laboral.

Esta escasez de trabajadores en sectores específicos, en particular la salud, la educación, la construcción y la logística, está impulsando la inflación salarial estructural. Incluso mientras los bancos centrales endurecen la política monetaria, estas tendencias demográficas continúan ejerciendo presión al alza sobre los salarios y, por lo tanto, los precios. Es importante destacar que este tipo de crecimiento salarial no suele atenuarse con tasas de interés más altas, a diferencia de los aumentos salariales impulsados ​​por la demanda.

2. Desglobalización y reconfiguración de la cadena de suministro

La globalización de las últimas tres décadas ha servido como una poderosa fuerza desinflacionaria. Al externalizar la producción a regiones de bajo costo y optimizar la logística bajo un modelo "justo a tiempo", las empresas pudieron entregar bienes de forma económica y eficiente. Sin embargo, el aumento de las tensiones geopolíticas, como la rivalidad entre Estados Unidos y China y la guerra en Ucrania, ha incentivado a las empresas a relocalizar sus cadenas de suministro o a relocalizarlas.

Este realineamiento estratégico prioriza la resiliencia sobre el costo. Producir más cerca de los mercados finales o en países políticamente alineados suele ser más costoso. Esta inversión del dividendo de la globalización ha generado mayores costos de insumos y menores eficiencias de precios, factores que contribuyen a la inflación al consumidor. Esta transformación de la cadena de suministro es una tendencia plurianual, lo que la hace estructuralmente relevante.

3. Costos de la Transición Energética y Políticas Climáticas

La transición a una economía baja en carbono requiere una gran inversión en energías renovables, almacenamiento en baterías, modernización de la red eléctrica y transporte electrificado. Estas iniciativas son esenciales para los objetivos climáticos, pero conllevan elevados costos iniciales. El esfuerzo también genera limitaciones en materiales clave como el litio, el cobalto y las tierras raras, cruciales para las tecnologías verdes.

Además, los mecanismos de fijación de precios del carbono, las regulaciones que penalizan las emisiones y el desmantelamiento de activos de combustibles fósiles incrementan los costos tanto para productores como para consumidores. Estas presiones se traducen en efectos inflacionarios a largo plazo que escapan al ámbito de las prácticas habituales de fijación de tipos de interés.

La inflación verde (inflación impulsada por políticas con conciencia ambiental) se debate cada vez más en los círculos políticos. Si bien es favorable en términos ambientales, representa un costo estructural que la política monetaria por sí sola no puede suprimir. En este contexto, los bancos centrales necesitan coordinarse eficazmente con las autoridades fiscales y climáticas para evitar disrupciones sistémicas.

4. Competencia Estratégica y Gasto Centrado en la Seguridad

La evolución de la geopolítica global está impulsando a los gobiernos a repriorizar la seguridad nacional, la soberanía industrial y la independencia tecnológica. El gasto público a gran escala en infraestructura, los presupuestos de defensa y los subsidios a los semiconductores representan un impulso estructural a la demanda, a menudo aislada de las fuerzas convencionales del mercado.

Estos cambios en el comportamiento fiscal contribuyen a entornos inflacionarios persistentes, ya que la intervención estatal reemplaza la fijación de precios de mercado en sectores críticos. Nuevamente, esta no es una inflación que las herramientas monetarias tradicionales puedan abordar rápidamente. La coordinación con las autoridades fiscales se vuelve crucial para calibrar las respuestas políticas a estas presiones a largo plazo.

Todos estos elementos se combinan para formar una economía global más propensa a la inflación. Los bancos centrales, a menos que actualicen sus modelos de inflación para tener en cuenta estas características estructurales, corren el riesgo de quedar permanentemente rezagados.

Materias primas como el oro, el petróleo, los productos agrícolas y los metales industriales ofrecen oportunidades para diversificar su cartera y protegerse contra la inflación, pero también son activos de alto riesgo debido a la volatilidad de los precios, las tensiones geopolíticas y los choques entre la oferta y la demanda; la clave es invertir con una estrategia clara, una comprensión de los impulsores subyacentes del mercado y solo con capital que no comprometa su estabilidad financiera.

Materias primas como el oro, el petróleo, los productos agrícolas y los metales industriales ofrecen oportunidades para diversificar su cartera y protegerse contra la inflación, pero también son activos de alto riesgo debido a la volatilidad de los precios, las tensiones geopolíticas y los choques entre la oferta y la demanda; la clave es invertir con una estrategia clara, una comprensión de los impulsores subyacentes del mercado y solo con capital que no comprometa su estabilidad financiera.

Adaptación de la política monetaria a la inflación estructural

La creciente influencia de los factores estructurales en la inflación plantea un desafío fundamental para la formulación e implementación de políticas por parte de los bancos centrales. Los marcos de política existentes, a menudo basados ​​en modelos de equilibrio general dinámico y estocástico (DSGE) calibrados para un mundo desinflacionario, podrían resultar obsoletos en el contexto actual. Los bancos centrales se enfrentan ahora a una realidad en la que la inflación no solo es cíclica, sino que está intrínseca a las transformaciones socioeconómicas a largo plazo.

1. Replanteamiento de los modelos de inflación

Los modelos de inflación tradicionales, como los basados ​​en la curva de Phillips, asumen una relación directa entre inflación y desempleo. Sin embargo, estos modelos a menudo no captan la elevada dinámica de precios causada por restricciones estructurales de la oferta, escasez de mano de obra o estímulos fiscales sostenidos. Es cada vez más imperativo que los marcos de pronóstico de la inflación incluyan proyecciones demográficas, evaluaciones de tendencias geopolíticas, limitaciones de recursos y variables relacionadas con el clima.

La inversión en investigación empírica y recopilación de datos para comprender estas variables es clave. Los bancos centrales podrían necesitar incorporar perspectivas interdisciplinarias, desde las ciencias ambientales hasta la sociología, para construir una comprensión más integral de la dinámica de la inflación.

2. Coordinación de políticas y flexibilidad del mandato

Muchas de las presiones inflacionarias derivadas de los costos de la transición energética, la política industrial y la relocalización global quedan fuera del ámbito de la política monetaria. Por lo tanto, los bancos centrales podrían necesitar desempeñar un papel más coordinado con las autoridades fiscales y otras instituciones responsables de la política monetaria. Esto podría implicar una tolerancia limitada a la inflación a corto plazo por encima del objetivo a cambio de estabilidad a largo plazo, siempre que se alinee con objetivos más amplios de crecimiento y sostenibilidad.

Dicha flexibilidad podría requerir cambios en la interpretación del mandato sin comprometer la independencia. También requiere estrategias de comunicación claras para ayudar a anclar las expectativas de inflación en un contexto de cambios estructurales. Restaurar la confianza en la credibilidad de las políticas es vital, especialmente porque las decisiones de inversión a largo plazo dependen de la estabilidad de la inflación.

3. Los tipos de interés por sí solos pueden ser inadecuados

Dado que la inflación estructural a menudo surge de fuentes no monetarias, la dependencia excesiva de las subidas de los tipos de interés podría tener consecuencias imprevistas, como una reducción de la inversión, un mayor desempleo y un freno a la innovación, sin reducir sustancialmente la inflación. Los bancos centrales deben sopesar los rendimientos decrecientes del ajuste tradicional frente a las arraigadas presiones alcistas derivadas de cambios impulsados ​​por las políticas o por el lado de la oferta.

Las alternativas a la manipulación de los tipos incluyen ajustes en los balances de los bancos centrales, el uso de herramientas macroprudenciales y formas limitadas de intervención directa en el mercado. Si bien pueden ser controvertidas, estas herramientas pueden ofrecer mayor eficacia contra determinadas fuentes de inflación estructural que las políticas de tipos de interés generalizadas.

4. Revisando el Paradigma de las Metas de Inflación

Está surgiendo un debate abierto sobre si la meta de inflación del 2% sigue siendo apropiada en un mundo estructuralmente inflacionario. Si bien la credibilidad de los regímenes de metas de inflación que se han mantenido durante décadas no debe socavarse a la ligera, existen razones para recalibrar las metas o aceptar un rango de tolerancia más amplio que refleje las realidades económicas cambiantes. Esto reconocería que algunas presiones inflacionarias no solo son persistentes, sino quizás incluso deseables para apoyar las transiciones estratégicas.

En última instancia, la inflación estructural exige respuestas estructurales. Un conjunto recalibrado de herramientas monetarias, modelos de inflación perfeccionados y una cooperación interinstitucional más estrecha pueden definir el banco central del futuro. La nueva normalidad puede requerir una comprensión más matizada de la estabilidad, una que se integre no solo en los índices de precios, sino también en el desarrollo sostenible, la resiliencia demográfica y el equilibrio geopolítico.

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