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¿ESTÁN OBSOLETOS LOS MARCOS DE REGLAS DE ORO EN UN MUNDO DE TASAS BAJAS Y ALTA DEUDA?
¿Siguen siendo las reglas fiscales de oro adecuadas para la economía actual? Analice sus fortalezas, limitaciones y funciones en un mundo de tasas bajas y alta deuda.
El término marco fiscal de la regla de oro se refiere a un conjunto de principios que rigen el endeudamiento público, permitiendo generalmente déficits únicamente para financiar la inversión pública, no el consumo. Popularizado a finales del siglo XX, este marco cobró relevancia entre los responsables políticos y los economistas por su aparente disciplina y la asignación prospectiva de la deuda pública. El Reino Unido, por ejemplo, incorporó la regla de oro a sus políticas durante el gobierno del ministro de Hacienda Gordon Brown a finales de la década de 1990, proponiendo que, a lo largo del ciclo económico, el gobierno solo debería endeudarse para invertir y no para financiar el gasto diario.En esencia, el marco se basa en la idea de que endeudarse para activos a largo plazo —como infraestructura, educación o investigación científica— beneficia a las generaciones futuras y justifica la distribución del costo a lo largo del tiempo. Esta noción refleja la forma en que las empresas financian el gasto de capital y alinea los balances gubernamentales con los principios de equidad intergeneracional.Sin embargo, la eficacia de la regla de oro depende de condiciones económicas específicas. Presupone un entorno macroeconómico estable, un crecimiento sostenido y la capacidad de distinguir claramente entre el gasto corriente y el gasto de capital, una distinción que no siempre es sencilla. Además, este marco no necesariamente contempla la flexibilidad durante períodos de crisis, como recesiones financieras o pandemias, cuando puede ser necesario un mayor gasto deficitario para estabilizar la demanda y el empleo.El contexto económico actual, que incluye tasas de interés persistentemente bajas, niveles elevados de deuda pública debido a las medidas de estímulo y una mayor atención al cambio climático y las transiciones digitales, ha reavivado el debate sobre si las anclas fiscales tradicionales, como la regla de oro, siguen siendo adecuadas.En este contexto, examinar los supuestos, las fortalezas y las limitaciones del marco de la regla de oro se vuelve crucial. ¿Son las reglas fiscales rígidas una limitación o una salvaguardia? ¿Sigue la inversión pública infrafinanciada o se prioriza adecuadamente? ¿Y qué tan bien se alinea la regla de oro con los objetivos fiscales modernos, como la sostenibilidad y la inclusión? Comprender estas dinámicas ayuda a enmarcar los debates sobre políticas a medida que los gobiernos de todo el mundo buscan el equilibrio entre la responsabilidad fiscal y la inversión necesaria para la prosperidad a largo plazo.
Una crítica fundamental al marco de la regla de oro en el entorno macroeconómico actual es su posible inadecuación para aprovechar las oportunidades que presentan las tasas de interés persistentemente bajas. Durante la última década, especialmente después de la crisis financiera de 2008 y, más aún, durante y después de la pandemia de COVID-19, los bancos centrales de las principales economías han mantenido tasas de interés históricamente bajas, o incluso negativas, para fomentar el endeudamiento y estimular la actividad económica.Con el costo del endeudamiento cercano a cero, algunos economistas argumentan que es óptimo, o incluso prudente, que los gobiernos se endeuden más, no solo para proyectos de capital tradicionales, sino también para ciertos gastos corrientes que pueden generar una alta rentabilidad social. Por ejemplo, invertir en sistemas de salud pública, financiar la educación infantil temprana o acelerar las transiciones ecológicas puede desdibujar la línea entre consumo e inversión. Se podría decir que este tipo de gasto podría mejorar la productividad a largo plazo y el bienestar social, desafiando la distinción binaria entre inversión y consumo inherente a la lógica de la regla de oro.
Además, los entornos de tipos de interés bajos modifican el cálculo de la sostenibilidad de la deuda. La ratio deuda/PIB se vuelve más manejable cuando el tipo de interés de la deuda pública (r) es inferior a la tasa de crecimiento de la economía (g), una condición que se ha mantenido en muchos países desarrollados durante años. En estas circunstancias, la deuda puede disminuir gradualmente en relación con el PIB, incluso con déficits moderados.
Este fenómeno, destacado en investigaciones de economistas como Olivier Blanchard, pone en tela de juicio la urgencia de unas normas fiscales estrictas. En esencia, los costes de mantener deuda adicional pueden ser inferiores a lo que se suponía anteriormente, sobre todo si dicha deuda financia inversiones de alto rendimiento o gastos sociales necesarios.
Sin embargo, quienes critican la flexibilización de las restricciones fiscales advierten sobre la posibilidad de caer en la complacencia. Incluso si el endeudamiento es barato, acumular deuda excesiva podría reducir el margen fiscal durante futuras crisis, aumentar la vulnerabilidad a las fluctuaciones de los tipos de interés y plantear riesgos para las calificaciones crediticias soberanas, especialmente en economías con menor independencia de política monetaria o instituciones más débiles.Por lo tanto, si bien la regla de oro puede parecer menos acorde con las realidades económicas modernas, su enfoque en distinguir entre préstamos buenos y malos aún resuena. Los responsables políticos podrían adaptar sus principios para incorporar definiciones más amplias de inversión y reflejar el valor del gasto público estratégico, incluso en condiciones fiscales de tensión.Conciliar entornos de tipos de interés bajos con la disciplina fiscal sigue siendo un tema activo de debate político y académico, lo que plantea interrogantes sobre la mejor manera de actualizar, reformular o, potencialmente, reemplazar los marcos de la regla de oro en los próximos años.
Un desafío central para evaluar la viabilidad de los marcos de reglas de oro hoy en día reside en la enorme magnitud de la deuda pública acumulada en las economías. Como resultado de las enérgicas respuestas fiscales a las sucesivas crisis —incluida la crisis financiera mundial, la pandemia de COVID-19 y las recientes fluctuaciones en los precios de la energía—, los ratios de deuda pública se han disparado, y muchos países se acercan o superan sus máximos históricos en tiempos de paz.En este contexto, las reglas fiscales de reglas de oro adquieren una nueva relevancia. Por un lado, pueden servir como importantes herramientas de credibilidad. Unas normas claras y transparentes para el endeudamiento público —especialmente aquellas que vinculan la emisión de deuda a un gasto identificable y orientado al futuro— pueden tranquilizar a los mercados, a los inversores internacionales y a las agencias de calificación crediticia. Al vincular la acumulación de deuda únicamente a la inversión de capital, los gobiernos demuestran prudencia fiscal y responsabilidad intergeneracional, lo que podría reducir los costos de endeudamiento y mejorar la estabilidad económica.Por otro lado, adherirse estrictamente a los principios de la regla de oro puede limitar las respuestas fiscales necesarias o subfinanciar las prioridades no relacionadas con el capital. Por ejemplo, el envejecimiento de la población requiere desembolsos crecientes para pensiones y atención médica —clasificados como gasto corriente—, pero esenciales para la estabilidad social a largo plazo. Las restricciones estrictas de la regla de oro podrían reducir el gasto social incluso si las condiciones macroeconómicas generales permiten un endeudamiento responsable.Además, la creciente complejidad de las economías modernas desafía la clara separación entre inversión y consumo. La infraestructura digital, la acción climática, la ciberseguridad y la capacitación de la fuerza laboral se encuentran en las clasificaciones tradicionales, pero tienen importantes implicaciones para la productividad a largo plazo. Los críticos argumentan que aferrarse a normas obsoletas conlleva el riesgo de una inversión insuficiente en áreas cruciales para la resiliencia económica y la competitividad.
Algunos responsables políticos y economistas proponen revisar los marcos de reglas de oro para dar cabida a una gama más amplia de gastos que impulsen el crecimiento. Por ejemplo, integrar las inversiones relacionadas con el clima o la infraestructura social en la categoría de capital podría crear una arquitectura de política fiscal más flexible y con visión de futuro. Otros abogan por abandonar por completo los parámetros de referencia rígidos en favor de una política fiscal discrecional, basada en el contexto y guiada por análisis de sostenibilidad de la deuda y métricas basadas en resultados.
En última instancia, la tensión entre la sostenibilidad fiscal y el crecimiento exige un enfoque matizado. Si bien los altos niveles de deuda exigen cautela, también subrayan la importancia de garantizar que el endeudamiento actual respalde la prosperidad futura. En este sentido, las reglas de oro requieren un rediseño o una reinterpretación inteligente, en lugar de un rechazo rotundo.
Una regla de oro modernizada —que mantenga su compromiso con una gestión fiscal prudente, pero amplíe su definición de inversión— podría seguir siendo relevante en medio de realidades económicas complejas. Alinear los marcos fiscales con los objetivos a largo plazo, manteniendo al mismo tiempo la adaptabilidad, puede ofrecer la mejor vía para gestionar la elevada deuda sin sacrificar la inversión pública estratégica.
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